Tim Hecker en la Sala Taboo

Fshhh…fshh…fshh… la máquina de humo no cesaba su actividad. En apenas unos minutos, la madrileña sala Taboo estaba inundada de espesa niebla de aroma dulce que aguardaba a Tim Hecker. Los que allí se encontraban se transformaron en sombras chinescas irreconocibles que deambulaban por los pasillos que rodean la pista central, teñida del rojo led que delimitaba las líneas del escenario. Las columnas que sujetan la sala servían ahora como punto de referencia de un lugar que había perdido la noción del espacio. No podía verse nada más allá de los dos palmos. En esa espesura palpable y enigmática se subía al escenario Tim Hecker para presentar “Virgins” (Kranky, 2013) ante el público capitalino dentro del 981 Heritage, una cita esperada por muchos y que no decepcionó ni un ápice.

En esa eterna división del arte que entretiene, divierte y resulta agradable hasta rozar lo naif y el otro tipo que busca excavar entre los sentimientos para lograr reacciones -sean las que sean-, se encuentra también y de un modo difuso el concepto de belleza. La música de Hecker apela a las emociones. Y no a las cálidas y agradables. Electrónica despojada de todo carácter festivo. La noche no es una juerga; es un lugar peligroso. Sus sonidos, a menudo rotos, desmembrados, inhóspitos y amargos, retan a una audiencia a sobrellevar el peso de su escucha, entrar en un mundo angosto y agobiante en el que lo que cuenta es la experiencia. Una vez dentro, ésta tiende a menudo a convertirse en contemplativa y a revolver los nervios. La belleza está en las profundidades. Encontrada, resulta escalofriante.

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Esa experiencia quedaba expuesta antes de comenzar el directo. Taboo ya no era la sala que todo Madrid conoce, se había transformado en la mente de Tim Hecker. Tal era el ambiente que se había creado que alguno se preguntaba si el que estaba comandando aquella nave era el propio Heckner o si había si quiera alguien. Sí, el canadiense estuvo allí y dejó para los oídos que se congregaban en el local de Malasaña una lección de estilo propia del hombre que ha hecho del ambient su mundo y cátedra. Subió al escenario entre la oscuridad -no había más luces que las necesarias, las de emergencias-, escondido bajo una gorra que tapa a un hombre que pasa desapercibido siempre y cuando no se encuentre haciendo esa música que carga de elementos disonantes, teclados clásicos y ritmos tan complicados como adictivos que comenzaron a sonar mientras los asistentes miraban hacia donde debía encontrarse el escenario, movidos por el instinto. Hecker logró que todo se centrase en su música en un clímax que se alcanzó antes de empezar y que se prolongó durante toda una noche que supuso un regalo en el que conocer, dos años después de la publicación de su último trabajo, el momento en el que se encontraba un artista en constante evolución ascendente.

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